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Las alteraciones intestinales, consideradas un factor de riesgo para el desarrollo del Parkinson

miércoles 10 de abril de 2019, 16:22h

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Las alteraciones intestinales, consideradas un factor de riesgo para el desarrollo del Parkinson
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La doctora Sari Arponen afirma que “hoy ya sabemos que el origen de esta enfermedad está en el intestino” y pone el foco en el desequilibrio de la microbiota y en la permeabilidad de la barrera intestinal como herramientas de su activación paralelas a la predisposición genética.La profesional aboga por corregir ese ambiente intestinal alterado utilizando probióticos de cuarta generación, de derivación humana, y mejorando la dieta de los pacientes, optando por alimentos prebióticos y antiinflamatorios.

Sentir mariposas en el estómago o un nudo en la garganta. Que los nervios nos jueguen una mala pasada y conviertan en urgentes la necesidad de ir al baño o que nos quiten el hambre. Que la ansiedad nos lleve a la necesidad de comer más veces y en mayor cantidad. Son muchos los ejemplos cotidianos en los que las personas experimentamos la relación que existe entre lo que sentimos y nuestro estado intestinal. Un concepto que en Medicina tiene un nombre: el eje intestino-cerebro.

Desde hace algunos años, es frecuente escuchar que en nuestras ‘tripas’ tenemos un segundo cerebro, tan importante como el primero porque interactúa con este y porque es responsable de procesos que afectan a nuestro estado de bienestar general. La comunicación entre ambos es un ámbito de investigación que está fascinando a la Medicina moderna y que puede tener la llave de algunas patologías que afectan a un elevado número de personas en el mundo.

La médica Sari Arponen, especialista en Medicina Interna y experta en Microbioterapia, explica que en esta relación entre intestino y cerebro el papel de la microbiota es “fundamental”. Asegura que la comunicación que se establece es “compleja” y que en ella intervienen las sustancias que producen las bacterias que habitan en nuestro intestino. Algunos de esos componentes son los neurotransmisores, las citoquinas o las ácidos grasos de cadena corta (SFCA, en sus siglas en inglés), “así como otros metabolitos”. A mayores, es fundamental el rol que ejerce el nervio vago, una suerte de ‘autopista’, que señaliza toda esta comunicación y la canaliza.

La microbiota también consigue modular la producción de algunos neurotransmisores específicos, como la noradrenalina, la dopamina, el glutamato, la serotonina o el GABA (un aminoácido básico para el sistema nervioso central de los mamíferos). Además, se ha relacionado ampliamente y con evidencia científica la alteración de la microbiota con una situación de inflamación de bajo grado del cuerpo, es decir, como una inflamación silenciosa “que puede producir modificaciones en el funcionamiento cerebral”.

La investigación actual se centra en saber hasta qué punto el eje intestino-cerebro tiene responsabilidades en el desarrollo de determinadas patologías y ya hay muchas evidencias científicas que relacionan la salud intestinal con enfermedades como el Parkinson. De hecho, tal y como explica Arponen, “ya se han descritos patrones de disbiosis intestinal en estos pacientes”.

El origen intestinal del Parkinson

“Hoy ya sabemos que el origen del Parkinson está, en gran medida, en el intestino”, afirma con seguridad la doctora Arponen. La razón de ello radica en la existencia de una proteína, llama alfa-sinucleína, que en el caso de los pacientes que sufren este trastorno del movimiento está plegada de forma anormal y acumulada en exceso, “dicho de una forma muy sencilla”. Mucha evidencia científica defiende que esta acumulación anormal “tiene su origen en el intestino”. “Parece ser”, explica la profesional, “que se puede propagar hacia el cerebro por el nervio vago cuando el paciente tiene disbiosis y permeabilidad intestinal”. Esto unido a procesos de neuroinflamación da lugar al daño en las neuronas dopaminérgicas que caracteriza a la enfermedad de Parkinson.

La disbiosis es la alteración del equilibrio de las bacterias que habitan en lo que se podría considerar un intestino sano, habiendo una mayor proporción de microorganismos que en exceso resultan patógenos frente a los que son beneficiosos para el organismo. En cuanto al término permeabilidad intestinal, este hace referencia a un problema en la barrera mucosa del intestino del paciente, que está dañada – entre otros factores - por esa disbiosis, por lo que no puede hacer su función de freno de los patógenos y sustancias proinflamatorias, permitiendo su filtración a la submucosa y a la sangre.

La doctora Arponen recuerda que, sin duda, “existe una predisposición genética para el Parkinson”, pero sostiene que son “los factores ambientales y las alteraciones a nivel intestinal los que acaban desencadenando la enfermedad”. De manera más concreta, la médica rescata algunas evidencias científicas en las que se ha demostrado que la presencia de Helicobacter pylori o la existencia de un sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado (SIBO), están íntimamente relacionadas con la aparición de esta patología.

La microbiota, por tanto, tiene un protagonismo a día de hoy innegable en el abanico de síntomas y causas del Parkinson. Es más, la doctora Arponen recuerda que décadas antes de que aparezcan los síntomas motores del Parkinson, ya es común entre quienes lo van a padecer el estreñimiento, “lo que es otra muestra más de la importancia de la salud intestinal en el desarrollo de esta patología”. De hecho, con los estudios realizados ya se puede afirmar que los pacientes con Parkinson tienen algunos cambios concretos en forma de disbiosis, caracterizada por un aumento de la conocida como microbiota putrefactiva o proteolítica y por la disminución de otras bacterias que tienen funciones antiinflamatorias.

Una nueva diana terapéutica

La doctora Arponen asegura que, dicho todo lo anterior, es muy conveniente prestar atención al estilo de vida y a la salud de los pacientes con Parkinson. Estas son algunas claves:

  1. La alimentación. “Es uno de los principales mecanismos para modular la microbiota y mejorar el estado de disbiosis y el estreñimiento. Hay pautas alimentarias antiinflamatorias y prebióticas que son particularmente interesantes en esta patología”, afirma Sari Arponen, que explica que hay algunos estudios que apuntan que la leche podría ser problemática en estos pacientes, al ser precursora de un metabolito neurotóxico por la disbiosis, mientras que el café podría suponer un factor protector.
  2. Tratamiento del estreñimiento. “Se debería tratar en todos los pacientes”, sostiene la profesional. Para ello, deberían seguir una dieta “con suficiente grasa saludable, con presencia de fibra celular y soluble”, a lo que Arponen cree conveniente añadir una suplementación de magnesio por vía oral.
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