El centro de psicología, problemas emocionales y terapia de pareja, Psicomaster, explica seis claves para comprender en qué consiste, cómo puede afectar a quienes la experimentan y cuándo sería recomendable pedir ayuda psicológica.
Estamos en pleno verano u disfrutamos de piscinas, playa, planes al aire libre y exposición al sol. Para algunas personas, sin embargo, estas situaciones no se relacionan con el descanso o las vacaciones, sino con una preocupación intensa por las posibles consecuencias de los rayos solares. Proteger la piel y evitar las quemaduras es una conducta saludable. El problema aparece cuando el miedo se vuelve desproporcionado, genera una ansiedad difícil de controlar y lleva a evitar actividades cotidianas, relaciones sociales o incluso salir de casa durante el día. Este temor intenso se conoce habitualmente como tanofobia. Psicomaster, centro de psicología, problemas emocionales y terapia de pareja, explica seis claves para comprender en qué consiste, cómo puede afectar a quienes la experimentan y cuándo sería recomendable pedir ayuda psicológica.
Utilizar protección solar, evitar las horas de mayor radiación o llevar ropa adecuada son medidas recomendables. En la tanofobia, la persona interpreta casi cualquier exposición como una amenaza, incluso aunque haya tomado todas las precauciones necesarias. El miedo puede estar relacionado con el cáncer de piel, las quemaduras, las manchas o el envejecimiento prematuro. La diferencia está en la intensidad de la preocupación y en cuánto condiciona la vida diaria.
No salir durante el día proporciona una sensación inmediata de seguridad, pero también refuerza la idea de que la situación era peligrosa. Con el tiempo, el miedo puede extenderse a playas, piscinas, terrazas, viajes, excursiones o desplazamientos en determinadas horas.
La tanofobia puede generar nerviosismo, palpitaciones, sudoración, tensión muscular, mareos, dolor de cabeza o necesidad urgente de buscar sombra. En ocasiones, la ansiedad comienza antes de salir. La persona puede consultar repetidamente el índice ultravioleta, revisar la previsión meteorológica o planificar recorridos en los que pueda evitar por completo el sol.
Cuando el miedo es intenso, la persona puede rechazar encuentros, viajes o actividades familiares. Esto puede provocar aislamiento, discusiones con el entorno y una pérdida progresiva de autonomía. Conviene prestar atención cuando la preocupación interfiere en el trabajo, los estudios, las relaciones o el ocio.
La tanofobia es el miedo intenso a exponerse al sol o a broncearse. La tanorexia, por el contrario, es la preocupación excesiva por mantener la piel bronceada. La fotofobia es una sensibilidad física a la luz que puede provocar molestias o dolor ocular. Cuando existen síntomas físicos, es importante consultar con un profesional sanitario para descartar causas médicas.
El tratamiento se adapta a las necesidades de cada persona y busca identificar los pensamientos que alimentan el miedo y las conductas que lo mantienen. Uno de los recursos más utilizados es la exposición gradual y planificada. No se trata de exponerse al sol sin protección, sino de recuperar actividades cotidianas de forma segura y progresiva. También se trabajan la percepción exagerada del riesgo, la necesidad de control y la tolerancia a la incertidumbre.
Sería recomendable consultar con un profesional cuando:
El objetivo de la terapia no es dejar de protegerse, sino diferenciar entre una prevención saludable y un miedo que ha comenzado a controlar la vida.