Según una nueva guía del British Council
Los programas universitarios impartidos en inglés aumentan un 48 % en mercados no tradicionales
El British Council presenta The future of English in universities worldwide, una guía que analiza cómo está cambiando el papel del inglés en la educación superior internacional.
Reino Unido, Estados Unidos, Australia y Canadá siguen siendo los principales destinos, pero nuevos mercados ganan peso en un escenario en el que el alumnado valora cada vez más la estabilidad, la accesibilidad y la empleabilidad.
El documento subraya que este crecimiento debe ir acompañado de más calidad, una evaluación más precisa del inglés académico y una mejor adaptación a aulas cada vez más multilingües.
Este nuevo escenario abre para España la oportunidad de reforzar su posición como destino universitario internacional combinando programas impartidos en inglés con el aprendizaje del español.
Desde 2019, los programas universitarios impartidos en inglés en mercados no tradicionales– es decir, fuera de Reino Unido, Estados Unidos, Australia y Canadá - han crecido un 48 %, según la nueva guía del British Council, la organización internacional de cultura y educación del Reino Unido.
La guía, titulada The future of English in universities worldwide, parte de una realidad cada vez más visible: el mapa de la educación superior internacional está cambiando. Durante años, estudiar en inglés parecía llevar casi siempre a los mismos destinos. Reino Unido, Estados Unidos, Australia o Canadá concentraban buena parte de la oferta y también del imaginario de muchos estudiantes internacionales. Pero ese escenario es mucho más abierto.
Hoy, la decisión sobre dónde estudiar es más compleja. El prestigio sigue contando, por supuesto, pero ya no lo explica todo. Pesan también la estabilidad del país, el coste, la cercanía geográfica, la facilidad de acceso, las opciones de empleo y la capacidad de los programas para preparar al alumnado para un mercado laboral cada vez más internacional.
La investigación citada por el British Council apunta precisamente a ese cambio de prioridades. Las generaciones más jóvenes buscan algo más que una marca universitaria reconocida: quieren destinos previsibles, formación útil y una conexión clara entre sus estudios y su futuro profesional. Eso está llevando a muchos estudiantes a mirar más allá de los grandes países anglófonos tradicionales.
Reino Unido, Estados Unidos, Australia y Canadá continúan liderando en volumen. Pero el crecimiento de nuevos mercados está reordenando poco a poco el panorama. La educación superior se vuelve más diversa, más competitiva y también más estratégica para aquellos países que quieren atraer talento, reforzar su proyección internacional y responder a las necesidades de sus economías.
Trasladado al contexto español, este cambio abre una oportunidad para que España refuerce su posición como destino universitario internacional. La ampliación de los programas impartidos en inglés, junto con el desarrollo de titulaciones conjuntas y acuerdos académicos con universidades de otros países, puede resultar especialmente atractiva para un alumnado que busca formación de calidad, accesibilidad y una conexión clara con el empleo.
Además de su innegable atractivo como país de residencia, España aporta un enorme valor diferencial: la posibilidad de cursar estudios en inglés y, al mismo tiempo, aprender y utilizar el español. La combinación de ambas lenguas amplía las capacidades académicas y profesionales del alumnado y puede impulsar la internacionalización y la proyección global de las universidades españolas.
Cinco tendencias globales en educación superior
La guía identifica varias tendencias que ayudan a entender hacia dónde se dirige la educación universitaria impartida en inglés y qué retos afrontan las instituciones que quieren formar parte de ese crecimiento.
La primera tiene que ver con la elección del destino. El coste sigue siendo importante, pero ha dejado de ser el único elemento decisivo. Los estudiantes valoran una mezcla de factores: prestigio académico, afinidad cultural, accesibilidad geográfica y perspectivas profesionales. Para las universidades, esto significa que ya no basta con ofrecer programas en inglés. También tienen que demostrar que esos programas conectan con lo que el alumnado necesita y con lo que demanda el mercado laboral.
Esta evolución abre oportunidades para destinos menos tradicionales, sobre todo en un momento en el que algunos de los grandes países anglófonos han endurecido sus políticas migratorias o han introducido restricciones que afectan a estudiantes internacionales. Para muchos jóvenes, estudiar en inglés ya no implica necesariamente desplazarse a Reino Unido, Estados Unidos, Australia o Canadá. Hay más alternativas, y algunas de ellas resultan más accesibles, más cercanas o alineadas con sus expectativas profesionales.
La segunda tendencia es el crecimiento de las disciplinas vocacionales, técnicas y aplicadas. Según la investigación del British Council y Studyportals citada en la guía, las humanidades registraron el mayor crecimiento porcentual en programas de grado impartidos en inglés entre 2019 y 2024, con un aumento del 80 %. Pero el cambio más profundo se aprecia en áreas con una relación directa con la empleabilidad, como informática y tecnologías de la información, estudios medioambientales, ciencias naturales, matemáticas, medicina y salud.
En estos campos, el inglés se percibe cada vez menos como una simple lengua de estudio y más como una herramienta práctica. Sirve para acceder a investigación, participar en redes profesionales, moverse entre países y mejorar las oportunidades laborales. Para el alumnado, estudiar determinadas disciplinas en inglés puede ser una ventaja. Para las universidades, una forma de posicionarse en un entorno internacional mucho más competido.
La tercera tendencia tiene que ver con la calidad. El crecimiento de los programas impartidos en inglés no puede medirse solo por el número de cursos disponibles. La guía advierte de que, si la expansión es demasiado rápida y no va acompañada de una estrategia sólida, pueden aparecer tensiones: profesorado que necesita más preparación, alumnado que requiere más apoyo lingüístico o programas que no terminan de adaptarse bien a las necesidades reales de cada disciplina.
Por eso, el British Council insiste en que no basta con traducir un programa al inglés o cambiar la lengua de impartición. Para que estos programas funcionen, el inglés debe integrarse de manera realista en la enseñanza, en la evaluación y en la experiencia académica. De lo contrario, el crecimiento puede terminar afectando a los estándares de calidad.
La cuarta tendencia se centra en la evaluación del inglés académico. Las pruebas de acceso tradicionales ya no siempre permiten saber si un estudiante está preparado para estudiar con éxito en inglés. No es lo mismo manejarse en una conversación general que comprender textos especializados, argumentar en clase, redactar trabajos académicos o desenvolverse en áreas técnicas como ingeniería, salud o ciencias medioambientales.
La guía plantea que las evaluaciones deben evolucionar para medir mejor esas competencias específicas. El objetivo no es solo comprobar si el alumnado “sabe inglés”, sino si cuenta con las herramientas lingüísticas necesarias para aprender, participar y progresar dentro de su disciplina.
La quinta tendencia apunta a una realidad que ya está en las aulas: el multilingüismo. La educación universitaria impartida en inglés ya no se entiende como un modelo de “solo inglés”. En muchos contextos, el inglés convive con lenguas nacionales y locales, y esa convivencia forma parte de la experiencia educativa.
Gobiernos y universidades están adoptando políticas lingüísticas más flexibles. El inglés se incorpora como una herramienta de proyección internacional, pero sin desplazar necesariamente el valor de las lenguas propias. Para la guía, este equilibrio será clave. El inglés puede abrir puertas, pero la sostenibilidad de estos programas dependerá también de cómo se integren en la realidad cultural, lingüística y educativa de cada país.
Evaluación, datos y estrategia: las claves para sostener el crecimiento
El crecimiento de los programas universitarios impartidos en inglés representa una oportunidad, pero también exige decisiones más cuidadas. La guía del British Council defiende que las instituciones deben apoyarse cada vez más en datos: qué buscan los estudiantes, cómo se mueven las tendencias internacionales, qué competencias demandará el mercado laboral y cómo influyen factores externos, como los cambios en visados o políticas migratorias de otros países.
La cuestión ya no es solo ampliar la oferta. También hay que decidir qué programas desarrollar, para qué perfiles de alumnado y con qué objetivos. La educación superior impartida en inglés deja de ser una propuesta aislada y pasa a formar parte de una estrategia más amplia, vinculada a la competitividad de las universidades, la empleabilidad de los estudiantes y las prioridades económicas nacionales.
Para mantener su atractivo internacional, concluye la guía, las instituciones deberán alinear sus programas impartidos en inglés con una estrategia lingüística sostenible, sistemas sólidos de garantía de calidad y una visión clara de futuro. El crecimiento, por sí solo, no garantiza el impacto. Lo que marcará la diferencia será la capacidad de ofrecer programas relevantes, rigurosos y conectados con las necesidades reales del alumnado y del mundo profesional