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Cirilo Palomo y su casa en Pozuelo

martes 02 de abril de 2013, 09:21h

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Cirilo Palomo y Montalvo vivía tranquilo con su familia en la aldea toledana de Gerindote dedicado a las labores del campo. Hasta que un pariente sin hijos pero con tierras en Pozuelo de Alarcón cambió su destino.

Quedaba algo más de una década para finalizar el siglo XIX cuando su tío, Lope Montalvo, decidió convertir a Cirilo y a su hermano Baltasar en algo parecido a unos hijos adoptivos. El hombre era notario y poseía grandes extensiones de terreno en la villa madrileña de Pozuelo de Alarcón. Pero su descendencia no llegaba y Lope se desesperaba ante la posibilidad de dejar su legado en manos desconocidas. Por eso mandó a buscar a sus sobrinos. Los labriegos llegaron a sus tierras pero no precisamente para trabajarlas.

Los hermanos Palomo vivieron en la casa solariega del pariente al que acababan de conocer y comieron en su mesa. Además siguieron sus pasos haciendo la carrera de Leyes. A la muerte de Lope Montalvo, Cirilo heredó una gran finca con tierras de labor que nacía en la antigua carretera de Madrid a Carabanchel -en la calle que ahora lleva su nombre- y llegaba hasta las tapias de la Casa de Campo.

Cirilo Palomo y Montalvo fue alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid en la que recibió el doctorado en 1893 con la tesis titulada Idea de la autoridad política. En 1904 comienza su carrera desde abajo como Auxiliar Tercero de la Dirección General de Registros convirtiéndose doce años después en Oficial Primero. En 1918 es nombrado titular del Registro de la Propiedad del distrito del Norte en Barcelona y en 1926 pasa a situación de excedencia voluntaria obteniendo la jubilación en 1932. Fue autor de algunos textos de derecho, entre ellos del Plan y Programa de Derecho Civil Español Común y Foral (Madrid, 1903). Murió el 3 de febrero de 1947. Sus restos mortales descansan en el cementerio de Pozuelo de Alarcón.

De labriego a letrado

Cirilo Palomo se casó con Pilar Puyol, una joven de ascendencia aragonesa de buena familia y posición y tuvo tres hijos. En poco más de una década el mozo de la ancha Castilla se había convertido en ilustre abogado, profesor universitario y registrador de la propiedad. Poco a poco y desde abajo hizo carrera y fijó su residencia en la madrileña calle Bailén pero sentía adoración por nuestra villa.

En Pozuelo pasaba los veranos y disfrutaba tanto en la finca heredada que la casita que hoy lleva el número uno de su calle le resultaba pequeña. Por eso, a principios del siglo pasado, encargaba la construcción de la actual al maestro albañil Arellano. En 1904 el precioso hotelito de aire modernista estaba terminado, rodeado de árboles y plantas. Sus pequeños -Luis y Pilar- apenas lo conocieron; murieron poco después a causa de una epidemia de Tifus. Probablemente fallecieron en Madrid pero sus restos fueron trasladados al cementerio de Pozuelo. Cirilo y Pilar tuvieron otro hijo varón -que si pudo disfrutar del nuevo hogar- al que también llamaron Luis; el padre de Pilar y José Luis, actuales propietarios de la casa de su abuelo Cirilo.

Los artilleros, el cocido y la montura

La dicha duró poco en la residencia de verano de los Palomo. Durante la Guerra Civil la casa fue utilizada como cuartel general de una batería de artillería que bombardeaba Madrid desde el Cerro de los Perdigones y hasta disponía de bunker o refugio antiaéreo. Los militares quemaron puertas, cercos, muebles y libros. Tras la contienda la familia tuvo que reconstruir por completo una casa de la que sólo los muros quedaron en pié.

Por fortuna Cirilo Palomo poseía guardamuebles en Madrid y pudo recuperar piezas de gran valor. Pero poco le importaba. El año en el que terminó la guerra su esposa le abandonó para siempre. Pilar Puyol murió en 1939 y fue enterrada en nuestro Campo Santo. Entonces Cirilo se trasladó a nuestra villa y comenzó a rehabilitar la casa que la contienda le había destrozado.

José Luis Palomo recuerda muchas cosas de su abuelo. Dice que era un hombre adelantado a su época. Cuando el nieto de Cirilo Palomo estudiaba en la universidad un profesor de motores, Eladio Aranda, le hizo una revelación: la empresa de maquinaria Vidaurreta mantuvo durante algunos años un stock de piezas exclusivas para los tractores de su abuelo. En casa de Cirilo se comía cocido todos los días menos los viernes de vigilia y los domingos. En aquellos tiempos era normal repetir las comidas. Pero lo del abuelo tiene otra explicación. José Luis asegura que un gran puchero daba de comer al jardinero y a su ayudante, a las cuatro muchachas del servicio, al chofer...

El nieto recuerda una anécdota relacionada con el conductor de su abuelo. A Cirilo le gustaba tanto viajar en tren que su chofer lo llevaba en coche hasta la estación del Norte, regresaba al auto y conducía deprisa hasta Pozuelo. Debía recoger a su abuelo cuando llegara a la Estación. Pero además de recorrer en vagón los caminos del hierro tenía otra costumbre: trotar por su propiedad a lomos de un caballo.

Pilar Palomo, nieta de Cirilo, reconoce que nunca dejó de montar para disfrutar del paisaje y comprobar el estado de sus tierras. Ni siquiera siendo un anciano. Para poder subir a la grupa de su percherón usaba una escalera y, como descendía de la misma manera, durante sus paseos no podía abandonar la montura. Quizás esta afición inspiró a Pilar cuando hace más de tres décadas dibujó un hombre a caballo en el azulejo que identifica el camino donde se encuentra la entrada de su residencia; aquella que en otro tiempo perteneció a su padre y a su abuelo.

Recuerdos de familia

Pilar y José Luis Palomo guardan en su memoria y entre las paredes de sus casas muchos recuerdos familiares. Pilar es catedrática emérita de literatura y José Luis ingeniero agrónomo jubilado. Los nietos de Cirilo Palomo residen en la casa familiar en dos hogares independientes. Sus habitaciones están repletas de recuerdos de otra época; muebles, cuadros, fotografías y objetos heredados.

Como los muebles, la lámpara de velas y los candelabros del salón principal de Pilar. Son de finales del siglo XIX y pertenecían al abuelo. Hace más de una década los cirios de la lámpara cautivaron a un grupo de hispanistas americanos que vinieron a Madrid para asistir a un congreso con motivo del Centenario de Fortunata y Jacinta. Pilar no tuvo más remedio que iluminar el salón con velas porque la instalación eléctrica se había estropeado pero todos pensaron que aquello respondía a una búsqueda deliberada del climax galdosiano.

José Luis disfruta restaurando muebles y ha convertido algunos de su abuelo en objetos exclusivos para decorar su hogar. Como los percheros artesanos del corredor principal que formaban parte de uno más grande utilizado hace décadas por la familia. O la bañera de pie y corte clásico -en la que José Luis recuerda haberse mojado- convertida en original semillero.

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