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Doctor Cornago: el médico del pueblo

lunes 15 de octubre de 2012, 07:34h

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Pedro Antonio Cornago Fernández nació en 1894 en Aoiz (Navarra). A los veinte años había terminado medicina. En 1922 se da de alta en el colegio de médicos de Madrid y gana la plaza de médico titular de Pozuelo. Aquí trabajó cerca de cuarenta años. Poco antes de morir, en enero de 1960, sus méritos fueron reconocidos con una calle. Hasta entonces Valdenovillos. Nacía a pocos metros de su casa-consulta.

Cuando el doctor Cornago llegó a Pozuelo para hacerse cargo de la salud de los vecinos del pueblo se instaló en una casita situada en la calle Norte esquina Luis Béjar. En ella residió un tiempo con su madre y sus hermanas. Pero el hogar, habilitado como consulta médica, se le debió quedar pequeño y decidió trasladarse a una residencia más cómoda. El doctor compró la propiedad de los señores Arana, situada entre la plaza del Rey y la calle San Roque, y con la ayuda del esposo de su hermana pequeña, el arquitecto Felipe Heredero, comenzó a transformar el hotelito. Cuando estuvo terminado habilitó la parte baja como consulta y colgó una placa en su fachada con el letrero CASA DEL MÉDICO. Además, puso un escandaloso timbre con luz incorporada que sonaba a cualquier hora del día o de la noche. Porque el doctor Cornago siempre estaba disponible.

El navarrico era un médico vocacional que no ahorraba esfuerzos a la hora de atender a sus pacientes. Lo mismo asistía a parturientas -a las que acertaba sin ecógrafo la fecha del parto y a veces hasta el sexo del bebé- que enyesaba piernas y brazos rotos, ponía inyecciones o recetaba pastillas. Todo sin ayuda de enfermera ni ATS. Igual reconocía a los enfermos en su consulta que les visitaba en sus casas. Como médico titular del pueblo -en la Estación estaba el Dr. Arrojo- en ocasiones tenía que desplazarse a las afueras para atender alguna urgencia. Por eso, no tuvo más remedio que solicitar un coche en el Colegio de Médicos de Madrid para poder llegar a sus destinos lo antes posible. En su caso, el tiempo siempre fue oro, pero en los años veinte no era fácil comprar un vehículo porque no se fabricaban en España y hasta que pudo sentarse al volante de su flamante auto se subía a un caballo y trotaba con su maletín hasta las residencias del contorno. No conocía el significado de la cita previa. Amaba la profesión de médico rural y a ella se dedicó en cuerpo y alma durante casi cuatro décadas.

Igualas, lechugas y cigarrillos Ideales

La Casa del Médico de Pozuelo siempre estaba llena de gente. Decenas de vecinos esperaban su turno junto a la puerta del pequeño corredor de acceso a la consulta. No todos podían pagar la iguala -cuota- por los servicios prestados así que le agradecían sus atenciones en especies; un ritual muy habitual por entonces en los pueblos de España.

Cuando ellos se recuperaban de enfermedades o accidentes laborales y ellas de sus partos visitaban a Don Pedro con deliciosos productos de matanza -jamones y prueba-, huerta -lechugas, tomates y lombardas- o corral -pollos y huevos- que las hermanas del médico, Ana y Matilde, transformaban a fuego lento en delicias como la salsa de tomate.

Los mayores nacidos en Pozuelo lo pueden confirmar. Pedro Antonio Cornago fue un médico excelente que se ganó a pulso -con trabajo y dedicación- el cariño de todo un pueblo. También recuerdan su carácter fuerte que le llevaba a pronunciar algún que otro improperio. En verano, vestía traje blanco y lo combinaba con zapatos del mismo color. Completaba su atuendo con corbata oscura. Llevaba gafas de cristal azulado -era miope- y, en sus ratos libres, daba largos paseos hasta el bosquecillo de la Fuente de la Salud con su inseparable amigo Tom, un setter rubio.

Una guindilla y cigarrillos Ideales. Eso llevaba siempre en sus bolsillos. La primera para moderla y los segundos los preparaba con gran habilidad para fumárselos. Y para quemarse la ropa porque tenía la costumbre de golpear la ceniza del cigarro con la uña de su dedo meñique y las consecuencias de ese gesto, repetido hasta la saciedad, tenían que camuflarlas sus hermanas en trajes, camisas y corbatas.

Alcalde en la posguerra

La preparación intelectual y la popularidad del doctor Pedro Cornago le sirvieron para alcanzar el puesto de Alcalde en el Pozuelo de la posguerra. Fue regidor en el peor de los momentos; cuando el pueblo parecía una aldea fantasma y familias enteras -evacuadas años atrás- regresaban con la pena en el alma para recuperar vida y hogar. En su lugar encontraban muerte y destrucción. Había que enterrar a un tiempo cadáveres y recuerdos. Y sacar de la cárcel a gentes inocentes. Desde su cargo de responsabilidad el médico hizo todo lo posible para liberar de prisión a muchos vecinos presos durante la guerra civil. Con informes positivos y datos acerca de su salud procuró hacer el bien a todos con independencia de sus creencias. Siempre se mantuvo ajeno a la política y nunca exponía en público sus ideas sobre la patria pero, dado el carácter católico y tradicionalista de su familia, se convirtió en sospechoso...

Durante algún tiempo el Dr. Cornago tuvo que acudir a todas las citas con guardaespaldas uniformado. En plena guerra le asignaron un miliciano armado para que le acompañara, incluso dormía con el médico en la misma habitación de su casa. El soldado cumplía órdenes. Como los compañeros de frente a los que encargaron la misión de llevar al médico de paseo.

No era la primera vez que el facultativo se encontraba con la muerte a pocos kilómetros de Pozuelo. Pero en dos ocasiones su labor no consistió en identificar a los muertos o dar fe del estado de los heridos tras la descarga. De noche, como un reo más, fue conducido por milicianos conocidos -y hasta reconocidos en consulta- a las tapias de la Casa de Campo y colocado frente al pelotón de fusilamiento. Sin embargo, no pudieron disparar a quien durante años se había preocupado por su salud. Cuando llegó el momento de apretar el gatillo, le tomaron por el brazo y le dijeron: ande, Don Pedro, marchese a casa que nadie le ha dado vela en este entierro. Y el hombre regresaba al hogar pensando en que otros no correrían su misma suerte. Quizás por eso y algo más fue médico de la Beneficencia.

Embajador de Pozuelo

Aunque Pedro Antonio Cornago vivía con sus hermanas mayores, Anay Matilde, sentía predilección por la pequeña, Montserrat. Y por su marido, Felipe Heredero, y sus hijos. Siempre que su trabajo se lo permitía acudía a su casa para compartir comidas o cenas en familia. El doctor pasó los veranos con ellos hasta que cambiaron su destino. Durante años disfrutaron de las vacaciones en el País Vasco y les acompañaba conduciendo su coche hasta la misma frontera con Francia para fotografiarse cerca de los gendarmes. En la playa de Zarauz y en el puerto de Guetaria pasó buenos ratos con sus sobrinos pero jamás se bañó en la playa. Como mucho, se quitaba la chaqueta, se aflojaba la corbata y se subía las mangas de su camisa.

La pasión viajera del Dr. Cornago fue creciendo con el tiempo. Cuando los suyos decidieron cambiar los clubes naúticos de Gipúzcoa por las playas andaluzas se aficionó a los Tours Europeos y llegó incluso a cruzar el Canal de la Mancha... En los cincuenta pudo ser uno de los primeros habitantes del Pozuelo rural que salía al extranjero donde además pregonaba las excelencias del pueblo en el que vivía y trabajaba. Aunque no hablaba idiomas se entendía con todo el mundo.

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