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Gerardo Diego, el poeta y Pozuelo
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Gerardo Diego, el poeta y Pozuelo

viernes 19 de agosto de 2016, 07:00h

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Gerardo Diego Cendoya (1896-1987) nace en Santander y es uno de los representantes de la Generación del 27. Escritor y catedrático de literatura, pianista y amante de la pintura ha pasado a la historia de las letras españolas por su poesía. Descansa eternamente en Pozuelo donde además de a una calle ha dado nombre a un instituto de secundaria y a varios premios escolares.
Además de la literatura el gran amor de Gerardo Diego fue su esposa a la que conoció tras un primer noviazgo fracasado que inspiró su juvenil Romancero de la novia. La muchacha francesa que se convertiría en su compañera de vida le hizo componer unos hermosos versos a comienzos de los años treinta del siglo XX.

La primera vez que se cruzó con Germaine Marín se quedó deslumbrado por su pelo de oro de miel y sus mejillas inverosímiles de seda. Fue en unos cursos de verano en Burgos. Luego llegó un segundo encuentro en la Universidad Menéndez Pelayo que aceleró los latidos del corazón del poeta que por entonces no imaginaba que otro encuentro casual acabaría en boda.

Café con Lorca y Cernuda

Una tarde de 1933 en la que Gerardo Diego no tenía ganas de salir de casa sus amigos Federico García Lorca y Luis Cernuda lo "secuestran" y se lo llevan a una café de la Gran Vía madrileña. En su interior estaba Germaine que se encontraba de paso en Madrid merendando con unas amigas.

En junio de 1934 Gerardo Diego y la joven se dieron el sí quiero en la pequeña iglesia de Sentaraille, al pie del Pirineo francés. Un año después nace en Madrid el primero de sus seis hijos; una niña a la que ponen el nombre de Elena que cada año entrega en Pozuelo los premios escolares que llevan el nombre de su padre.

Chopos y cipreses

En los años cincuenta Gerardo Diego y Germaine Marín compran una casa en la Colonia Santa María junto a una agradable chopera cercana al polideportivo Carlos Ruiz. Era pequeña y sin agua corriente; con un pozo motorizado pero hasta ella se desplazaba el matrimonio con sus hijos para apartarse del mundanal ruido de Madrid.

Y aquí se quedó para siempre por decisión de los suyos que descartaron trasladar sus restos mortales al Panteón de Hombres Ilustres de Santander. El poeta había comentado a la familia que una vez muerto quería permanecer cerca de los suyos y su viuda y su hija decidieron que el camposanto de Pozuelo sería su morada eterna.

El Ayuntamiento ofreció la sepultura contigua para plantar un ciprés -parecido al de Silos- y colocar una placa en la que se grabaron estos versos: "Ya me tienes vaciado, vacante de fruto y flor, desposeído de todo, todo para ti Señor".
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