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La generación del scroll lee, pero no comprende

martes 25 de noviembre de 2025, 12:17h
La generación del scroll lee, pero no comprende
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El último informe PISA es claro: estamos perdiendo vocabulario, atención y comprensión lectora.

Formar lectores críticos y conscientes se convierte en una prioridad frente a la era de TikTok, Instagram y la información inmediata.

El último informe PISA 2022 situó a España en su peor resultado histórico en comprensión lectora, con una caída de 18 puntos respecto a 2018. Y no se trata de una tendencia aislada. Investigadores de la Universidad de Stanford alertan de que la exposición continuada a contenido digital rápido, especialmente vídeos cortos y plataformas de estímulos intensos como TikTok o Instagram, disminuye la capacidad de atención sostenida, merma la memoria de trabajo y disminuye la tolerancia al esfuerzo cognitivo.

A ello se suma el impacto lingüístico: un estudio reciente del MIT Media Lab señala que los menores “absorben” el vocabulario más frecuente de sus entornos digitales, lo que reduce la variedad léxica y dificulta la expresión compleja. En paralelo, neurocientíficos como Maryanne Wolf advierten que el cerebro lector se está reconfigurando para procesar información fragmentada, desarrollando una preferencia por lo inmediato y lo visual en detrimento de la profundidad interpretativa.

Los profesores lo ven a diario. Niños de 10 u 11 años que leen con fluidez, pero no entienden ironías, dobles sentidos o relaciones causales. Alumnos que olvidan lo que han leído dos párrafos antes. Vocabularios reducidos a expresiones repetitivas: “literal”, “tipo”, “random”, “en plan”… Y dificultades crecientes para escribir con coherencia o sin errores ortográficos básicos.

El cambio no es solo lingüístico: es cognitivo. La literatura científica demuestra que el consumo constante de pantallas llenas de color, música, efectos, textos superpuestos y ritmos cambiantes eleva el umbral de estimulación que el cerebro considera “interesante” y eso tiene una consecuencia directa en el aula: un texto en blanco y negro requiere un esfuerzo que muchos alumnos ya no saben sostener.

Como explica la neuroeducadora Elena Pasquinelli, “los estímulos saturados disminuyen la capacidad de generar imágenes mentales propias, un proceso fundamental para la comprensión profunda”.

En este contexto, los colegios se enfrentan a una pregunta urgente: ¿cómo recuperar la capacidad de leer, pensar y expresarse en profundidad en una generación hiperestimulada?

“Estamos viendo alumnos que leen, pero no comprenden; que escriben, pero sin precisión; que hablan, pero con menos palabras de las que su pensamiento necesitaría” declaró Alodia Gaudier, tutora de 6º de Primaria en Everest School, en el encuentro Top Voces Educación de Acade

Durante su ponencia, expuso un enfoque que ha llamado la atención por su combinación de evidencia científica, práctica docente y formación del carácter lector.

Gaudier sostiene que la comprensión lectora no se recupera leyendo “más”, sino leyendo “mejor”: activando las funciones ejecutivas que permiten al niño concentrarse, planificar, retener información y monitorear su propio proceso lector.

En su propuesta integra estas habilidades de manera transversal. Trabajan la atención sostenida ayudando a los alumnos a evitar distracciones y localizar la idea principal de cada texto. Refuerzan la memoria de trabajo, indispensable para retener información mientras avanzan en la lectura. Fomentan también la flexibilidad cognitiva, que permite relacionar conceptos nuevos con conocimientos previos, y los procesos inhibitorios, esenciales para frenar conclusiones impulsivas y leer con más calma. Finalmente, enseñan a los niños a monitorear su propio proceso lector, es decir, a detectar cuándo no han entendido algo y releerlo con intención.

Este modelo se traduce en prácticas muy concretas: lectura diaria dentro y fuera del aula, bibliotecas personalizadas, seguimiento lector con niveles, glosarios temáticos obligatorios y una defensa firme de la escritura manual como herramienta cognitiva.

La neurociencia respalda esta apuesta. Stanislas Dehaene, uno de los investigadores más citados en este campo, demuestra que escribir a mano activa circuitos cerebrales implicados en la memoria duradera y la comprensión profunda, algo que el teclado no reproduce.

“Cada palabra escrita pasa por el cerebro de una forma más significativa y se retiene mejor”, recuerda Gaudier.

No obstante, no rechaza lo digital, pero sí su uso acrítico. En sus clases emplean la plataforma Walinwa, una herramienta que refuerza la ortografía y la comprensión lectora en sesiones breves y estructuradas, pero siempre como apoyo, nunca como sustituto del trabajo cognitivo profundo.

“La tecnología tiene sentido cuando potencia lo que el cerebro ya sabe hacer: aprender, recordar y conectar”, afirma.

Otra de sus iniciativas más destacadas es su estrategia para reducir el uso de palabras vacías en el lenguaje cotidiano de los alumnos “literal”, “tipo”, “random”, “en plan”… Cada vez que las usan en clase, deben entregar un pequeño “lacasito” al profesor. No es un castigo: es un recordatorio de que las palabras valen, y de que empobrecerlas empobrece el pensamiento.

“Me gusta pensar que los profesores somos como Mateo, el personaje de La.tienda.de.las.palabras, que rescata vocablos para que no desaparezcan. Ojalá nuestro trabajo sea eso: regalar muchas palabras para que las nuevas generaciones puedan nombrar lo que sienten, piensan y son.”

La comprensión lectora y el vocabulario no son solo competencias escolares: son la base de la ciudadanía crítica, del pensamiento reflexivo y de la capacidad de convivir en un mundo saturado de información.

La solución no depende solo de los colegios; también exige que la sociedad reinterprete el papel del silencio, la lectura profunda y el tiempo sin pantallas en la vida de los niños.

Pero mientras ese cambio llega, los docentes buscan fórmulas, innovan, se forman y comparten estrategias.

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